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Vaticano «nórdico»: ocultismo y tesoros de las SS

«A la metafísica se la puede definir como la ciencia que trata los errores de los hombres como si fueran verdades fundamentales»«¿Es el hombre sólo un fallo de Dios, o Dios sólo un fallo del hombre?…»  Friedrich W. Nietzsche.

Centro del mundo: Alemania Nazi, Nordrhein-Westfalen, región de Paderborn, Wewelsburg. Erguido allí, cual broma de mal gusto, luminoso castillo estilo renacentista, desgarrando las brumas de los densos y oscuros bosques alemanes, pérfido corazón y baluarte propagandístico del nacional socialismo. Se trata del Bergschloß Wewelsburg, una antigua fortaleza elegida por el mismísimo Himmler debido a su emplazamiento cercano a donde transcurrió la batalla de Teutoburg, entre otros motivos, y reconstruida para albergar los delirios ocultistas del Tercer Imperio, eclipsándose así el interesante pasado del edificio en pro de la huella del Holocausto, causándose una nueva e infectada herida provocada por el ataque nazi a la historia arrebatada de las manos a su propio pueblo, su propia patria y «matria».

Directamente sobre el centro geográfico de su mundo, se alzó, bajo la dirección del arquitecto Hermann Bartels, una torre dividida en dos salas: la Sala de los Generales (Obergrüppeführersaal) y la Cripta (Gruft). La primera con doce columnas, adornada en el centro con el infame Sol Negro (Schwarze Sonne) que irradiaba runas saqueadas por las Schutzstaffel a la cultura nórdica, en dirección a los doce puestos que debían ocupar los mandamáses de la más fanática división del ejército, cual caballeros de Arturo, que supuestamente llevaban a cabo allí ritos ocultistas. Bajo la primera, una cripta con doce nichos para los doce fundadores de una «nueva» religión verdadera. En el centro, una llama de gas que nunca se extinguiría hasta que se extinguió, como todo fruto de su Imperio «Milenario».

Muchas fueron las expediciones puestas en marcha para la búsqueda de un pasado mitológico recién inventado por el partido, sobre todo a Islandia y el Tíbet, muchas dirigidas por el Ahnenerbe, un Think Tank, fundado y avalado por Himmler, Herman Wirth y Richard Walther Darré, quienes se procuraron científicos afines al régimen para «investigar» y tratar de fundamentar sus fantasías, como el escritor y aficionado a la historia medieval y esoterismo Otto Rahn, quien estaba obsesionado con el Santo Grial e intentaba hacer realidad sus novelas, por lo cual se suicidó de forma ritual quedándose congelado en la cima del Wilden Keiser, Austria, o Karl Maria Willigut, fiel asesor de Himmler en cuanto a misticismo se refiere. Innumerables fueron los robos de obras de arte y otros tesoros culturales por parte de estos bárbaros que se atrevieron a compararse a sí mismos con los Nibelungos en más de una ocasión.

De entre todos esos tesoros, destaca el Caldero de Kinsey, actualmente guardado en una caja de alta seguridad en Zurich, o eso nos hacen creer según sugería un documental que vi hace poco sobre ello y no he podido volver a ver, y del que es harto difícil encontrar información en la red. Se cree que dicho caldero fue el sustituto nazi del Santo Grial y se usaba en las ceremonias del castillo. Fue encontrado en un lago y está forjado con kilos de oro puro. Como otras reliquias de las despensas del Wewelsburg que fueron arrojados a escondites naturales, a la espera de poder recuperarlos para un Cuarto Imperio y que no cayeran en manos profanas, tras la retirada al declararse el enclave como «no vital para la guerra», el caldero se perdió hasta que lo encontraron unos buceadores a finales del siglo pasado por casualidad. Fue designado por los arqueólogos de la época como «el mayor hallazgo de la historia», puesto que, dadas sus características, los expertos creyeron que era un caldero celta de más de 2.000 años, conservado en perfectas condiciones. Sin embargo, ante tal fascinación e incredulidad, se hizo un análisis químico y se concluyó que tal grado de pureza requería maquinaria de la más alta tecnología, no disponible en «laboratorios celtas» de la antigüedad. Gracias a un inventario que se encontró poco después, en el que Himmler ordenaba los objetos que debían retirarse en primer lugar del castillo ante la amenaza aliada y la imposibilidad de destruirlo por falta de explosivos, el misterio se fue aclarando. En dicha lista aparecía un misterioso caldero ligado al nombre de Otto Gahr, un reputado y hábil forjador de München, creador de la valiosa pieza cuyo oro fue donado por Albert Piltz, de el que no he encontrado mucha información. El misterio fue desvelado gracias al diario del artesano.

A modo de conclusión, cabría preguntarse qué efectos prácticos podrían proporcionar tantos esfuerzos de los nacional socialistas en la creación de una institución y todo un cosmos ocultista. La razón es sencilla: propaganda en forma de religión. Si hay algo de lo que no cabe la menor duda, es que las disparatadas creencias a las que tradicionalmente se aferra la mayor parte de la humanidad para superar sus miedos, son la mejor y más efectiva herramienta para manipularla. Los nazis no crearon nada nuevo como tal, se apropiaron sin ningún derecho de mitos preexistentes y los tergiversaron convirtiéndolos en catalizadores a su favor, como anteriormente ya hizo la iglesia católica al readaptar ideas en las que ya creía la gente de antemano para hacer crecer el negocio y aumentar su poder en la tierra, prometiendo a otros ser los primeros en un transmundo inexistente.

Respecto al castillo, en lugar de destruirse como habrían querido los militantes de las SS o enemigos como USA, se dejó en pie y se transformó en algo positivo, un museo de historia visitable hoy y que quizá algún día recupere su brillo anterior a la apropiación de los nazis pese ha que haya quedado una cicatriz imborrable que no se puede, ni debe, olvidar. Cierro el artículo con otra cita de Nietzsche:

«Donde comienza el Estado, allí termina el hombre»

WewelsburgSchloss1 WewelsburgSchloss2 WewelsburgSchloss3

 
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Publicado por en 4 enero, 2013 en Historia de Alemania

 

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