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Leyendas alemanas II: Sonnenkraut

07 Dic

Aproximadamente por estas fechas del pasado año, a varios grados bajo cero y casi cincuenta sobre el ecuador, el corazón medieval de la ciudad alemana Freiburg im Breisgau hervía bullicioso en lo más profundo del valle, preparándose para la navidad. La mayoría de los escasos residentes corrían de cafés a bares de Bertoldsbrunnen o se calentaban con Glühwein entre las manos, bajo las gélidas luces de las casetas del mercado, en la plaza del antiguo ayuntamiento. Mientras los niños rompían con sus botas de agua el hielo de los famosos Bächle y yo me dirigía desde el pintoresco y silencioso barrio de nombre francés, en honor al arquitecto Vauban, al centro comercial de Littenweiler mas no me apetecía atravesar de nuevo el centro por Kaiser-Joseph-Straße y tampoco tenía prisa. Decidí ir casi en linea recta, buscando el plateado arroyo que me reencauzaría montaña abajo hasta el Waldsee, a menos de un kilómetro de mi destino, donde la gente me vería salir, como ocurría a menudo, de entre las brumas, del vacío salvaje extramuros. Así lo hice pero algo importante sucedió a medio camino.

Autor del bloc en Kybfelsen. Allí donde se vería Freiburg, de no ser por el Nebelmeer, y se llega al Waldsee.

Autor del bloc en Kybfelsen. Allí donde se vería Freiburg, de no ser por el Nebelmeer, de camino al Waldsee.

Paseaba sobre la niebla que eclipsaba la ciudad a mis pies a la vez que I den trolska dalens hjärta sonaba, tan apropiada, en mi cabeza, cuando vi a una anciana sentada sobre su mochila, termo en mano, al borde del camino…Trataré de traducir lo mejor posible la conversación que apuntaría en mi cuaderno esa misma noche.

-¿Necesita ayuda? – pregunté, pese a que por su rostro sereno inferí que no había ningún problema, sino que se había parado a disfrutar durante un paseo, pero ¿por qué allí?

-No, gracias, muy amable. Es mi lugar favorito: cuando no hace tanto frío florecen aquí Sonnenkräuter, cuando no hay niebla veo llover las ocres hojas del pequeño robledal sobre el plano medio de la ciudad y Roßkopf y las cimas adyacentes, mejor protegidas del viento por abetos, como fondo. Cuando a los robles no les queda más que devolverle a montaña, la amante del sol perece temporalmente bajo las primeras nieves, el hielo arropa los arroyos y la pesada niebla ahoga los graznidos de los cuervos, aún me queda un bonito y musical paseo cuando hago crujir la nieve bajo mis botas ladera abajo hasta que alcanzo a ver el reflejo de mi ego envejecido sobre las tranquilas aguas del Waldsee.

-¿A qué se refiere con “la amante del sol”? Deduzco que un ser vivo, una planta por sus palabras.

-Sí. Sonnenkraut, ya se lo he dicho.

-Perdone, el alemán no es mi lengua materna. El roble es importante para la cultura y común en Alemania, y por eso sé cómo se llama pero no sé muchos más nombres en alemán, conozco el de los animales que habitan estos bosques. Con todo respeto, me parecen mucho más interesantes que las plantas, me encantaría ver algunos en mi paseo hoy, aunque sea un breve instante desde la distancia, a veces tengo suerte y veo ciervos –me regala una sonrisa amable. Sus ojos dejan entrever una vida desde joven cultivada.

-Si alguna vez un animal del bosque permitió que usted le viera fugazmente, es usted sin duda muy afortunado pero no es muy normal. Por otro lado, si quiere ver animales, ha de saber que el zorro es astuto y esquivo, pero podría buscar su rastro partiendo de la puerta de su casa inamovible, el robledal, que la ardilla es tímida pero tiene posibilidades de verla en su balcón, que suele situar en un avellano. Si no se asoma a las ventanas del abeto rojo, no tendrá usted “mala” suerte – en dichas cavidades habita el Schwarzpecht –, ni verá al mochuelo… Plantas poco apreciadas hoy en día, como la Sonnenkraut, también son importantes para la cultura de un pueblo que sobrevivió comiéndosela y ocupando su puesto bajo los escasos rayos de sol que atraviesan el techo vegetal – sonríe una vez más y comienza a cantar –. Eh wenn ich lass das Weinen stehn, will ich lieber auf die Wegscheid gehn, will ich dort´ne Feldbaum werden… ¿puedo acompañarle hasta el lago, si no es molestia?

-Por supuesto – se levanta con dificultad.

-La leyenda cuenta que hubo una vez una bella muchacha de Silesia que perdió a su amado en la guerra, lloró durante siete años hasta que se convirtió en una flor junto al camino, por eso la planta también es conocida como Wegewarte, la que espera en los caminos. Es donde crece la planta. Pero aquí tenemos otra versión más cercana a la Selva Negra. Una joven y hermosa princesa fue abandonada por su esposo. Muy dolorida exclamó: “Quisiera morir y no lo quisiera para ver en todas partes a mi amado” Las damas de su corte siguieron a coro: “y nosotras quisiéramos y no quisiéramos morir, para que él pudiera vernos en todos los caminos”. Dios lo oyó y cumplió sus deseos: “Tú, princesa, te quedarás con tu vestido blanco en todos los caminos por donde pase tu amado; vosotras, muchachas, os quedaréis en los caminos vestidas de azul, para que él pueda veros en todas partes”. Así tras la muerte de su cuerpo y posterior transformación en flor, sigue buscando eternamente a su amado, que se convirtió en sol, acompañada de las damas. En efecto, es más común que la planta tenga flores azules que blancas. Se abren con el sol, giran sus rostros hacia él durante el día y se cierran por la noche. De ahí que se la llame Sonnenkraut. Konrad von Megenberg, un botánico de principios del siglo XIV la designó en latín esponsa solis, aunque los franceses que vivían en contacto con pueblos de habla alemana, conocían la leyenda y tradujeron como solsequium. Nosotros hemos seguido produciendo canciones y poemas, unas más positivas que otras, sobre sus características físicas, el lugar donde encontrarlas o sus propiedades curativas hasta el siglo XIX, al menos:

Es steht eine Blume,

wo der Wind weht den Staub,

blau ist ihre Blüte,

aber grau ist ihr Laub.

Ich stand an dem Wege,

hielt auf meine Hand.

Du hast Deine Augen

von mir abgewandt.

Jetzt stehst du am Wege,

da wehet der Wind,

Deine Augen, die blauen,

vom Staub sind sie blind.

Da stehst du und wartest,

daß ich komme daher,

Wegewarte, Wegewarte,

du blühst ja nicht mehr.

Es un poema de Hermann Löns – llegamos al lago, nos despedimos y ella se marchó a su casa. Yo me quedé haciendo fotos a los árboles y pensando sobre el tema antes de volver a la ciudad y seguir mi camino por las callejuelas de Wiehre hasta Talstraße, donde estaba el centro comercial.

Waldsee visto desde la orilla más cercana al enorme edificio de la Universitätsbibliothek o UB1, a un escaso kilómetro al norte.

Waldsee visto desde la orilla más cercana al enorme edificio de la Universitätsbibliothek o UB1, a un escaso kilómetro al norte. La foto la hice en otoño, que es cuando suele haber más niebla.

La verdad es que siempre me han gustado las infusiones y me pregunté qué otras plantas beneficiosas habría a mi alrededor, si es que quedaba alguna que resistiese las heladas. Cuando volví a Madrid tuve tiempo de indagar más sobre el tema. Descubrí que no sólo las plantas que buscamos por el suelo tienen aplicación terapéutica y que fuese a donde fuese en futuras excursiones siempre tendré un botiquín a mi alrededor, que hay plantas que literalmente te pueden salvar la vida, ya tenga que pasar por accidente una noche a la intemperie y saber qué madera es mejor para encender un fuego o crear la herramienta o refugio que necesito, ya sea para curar posibles heridas y espantar a los insectos, para comer directamente o para buscar los seres comestibles que las habitan. El problema era cómo recordarlo todo. La solución ya me la habían dado: buscar leyendas sobre plantas. Alemania y Suecia han producido una gran cantidad de ellas, quizá porque según su cultura precristiana todos los seres y sus mundos están ligados al Yggdrasil, un fresno, o porque el hombre moderno, según la Edda en verso, desciende del olmo. Sonnenkraut es lo que en español conocemos como achicoria, muy abundante en Alemania. La Dama de los Bosques, como se conoce al abedul en el país nórdico por el resplandor plateado de su corteza, es famosa por el Björksav, una bebida fermentada que se hace con su savia y que algunas leyendas atribuyen a espíritus que viven en el interior del árbol: “Tío Lieschi, muéstrate, no como lobo gris, no como fuego ardiente, sino semejante a mí” decían los campesinos rusos para invocarlo sobre un tronco cortado del árbol, que también es frecuente en su país. En el abeto también habita una especie de genio, según historias alemanas, y el árbol es símbolo de fecundidad, por lo que se adorna con sus ramas a la última vaca que sale del establo “die bunte Kuh”. El tema da mucho de sí, hay demasiadas historias germanas y de otras culturas entorno a las plantas. Para los que sepan alemán, recomiendo Germanische Mythen de Manhard, para los que no Mitología de las plantas de Gubernatis. Dos títulos muy interesantes para cualquiera con interés en la naturaleza, sea estudiante de botánica o que simplemente quiera analizar los primitivos pensamientos del ser humano cuando trataba de comprender su entorno inmediato con la información de la que se disponía antaño. Son además historias muy útiles para aprender y no olvidar, como le pareció a Linneo, el famoso botánico sueco del que ya hemos hablado en otros artículos. Recientemente he descubierto en una de mis lecturas en su lengua materna que su padre usaba el pronombre hon para referirse a cualquier planta, en lugar de det. Fue una personificación más o menos inconsciente que llevó a Linneo a imaginar caras en flores, vestidos en el color del tallo, formas antropomórficas en la silueta de las plantas, a dirigirse cariñosamente a ellas como växtfolket: el Pueblo de las Plantas o Pueblo Vegetal. Así no las volvió a confundir nunca entre ellas. Para concluir os dejo con la misteriosa Hierba del Sol o achicoria, como descubrí más tarde que se llamaba en español, cichorium intybus, no confundid con la lactuca virosa, de flores amarillas, llamada Gift-Lattich en alemán. Os daréis cuenta en seguida que es más fácil y rápido hacer de ella una princesa sobre la que contar historias para recordarla que contar sus pétalos, aprender qué son hojas aciculadas, imparipinadas, cordiformes… y una larga lista de palabras que, por muy útil y necesarias que sean, no dicen nada a alguien que no tenga el latín como lengua materna, nadie que viva en este siglo, o lo haya estudiado porque se dedique a ello o le apasione el tema.

Foto por Bruce Marlin

 
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Publicado por en 7 diciembre, 2014 en Cultura alemana, mitología alemana

 

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